martes, 19 de mayo de 2020

Tres fotografías


Los paisajes se ven por la ventana. Una premisa poderosa para pegar una foto en ella. La foto de un recuerdo, de un paisaje, de una vista. Una foto coloreada por los años – coloreada, de hecho, en sus años – con una leve capa violacia, opaca, algo desteñida. No hay registros de la palabra “kodak” por todos lados como en muchas de las fotos que guardo en mi cajón. En el mar violacio de la foto se distingue una gama de colores de una modesta selección. Lo mínimo e indispensable para entender que era el estacionamiento de autos del Barrio Piedrabuena que se veía por la ventana de mi hermana. En el verde se ve el pasto que recubre la vereda, cercada por unos cuantos palos rojos unidos por una endeble soga. Esto representa un octavo de la parte inferior de la foto. Si se sigue subiendo la mirada se pueden ver cinco autos antiguos, con mucho olor a noventismo y menemismo. Dos personas caminan por entre medio de dos de los primeros autos. Una mujer de blusa blanca y un jean de tiro alto, una melena savage. La sigue detrás un hombre con una camisa bordo y un vaquero. Pareciera como si corrieran huyendo de la foto o de la vista de alguien desde la ventana de la habitación de mi casa. Vuela una bolsa de plástico cerca de ellos. Si sigue subiendo, un hombre camina con una camisa azul con una raya blanca abajo de las axilas y un pantalón blanco. Si se sigue subiendo la mirada hay una mujer haciendo sus compras con una bolsa de plástico blanca, un camisón que de blanco pasó a violacio, con caderas anchas, la cabeza pequeña, con un caminar de abuela. Y lo que ocupa la mitad de la foto: edificios, edificios mal edificados, mal construidos, sin final de obra, en peligro, con parches de cemento, con parches blancos como de grietas, con escaleras al aire y otras con vergüenza ocultas, con ventanas, con muchas ventanas que dan a mi ventana, que dan a mi cámara, que dan a la misma abuela que camina con desdén y que ven el verde que yo veo pero en la parte superior y no en la parte inferior.

No todas las fotos se pueden pegar en la ventana. Las paradojas espacio-temporales tienen su límite. Los detalles guardan un gran valor. No sucede lo mismo con los excesos – sobre todo los noventistas y menemistas.

Busco por el barrio otra fotografía. La busco en mi cajón. En las que hay tiras enteras de la palabra “kodak” por doquier. Me encuentro a mí. Rubio, delgado, con uniforme que va de mi cuello hasta mis pies de color verde oscuro, el pelo cortado en forma de taza, una sonrisa que abarca gran parte de mi rostro, las orejas grandes, los ojos achinados, con sombras en cada concavidad, las manos abrazadas al poste de la parada de colectivo, no se ve fuerza en el impulso de agarrar al poste sino tan sólo un depósito de mi carne sobre el metal, las piernas cruzadas como una señorita y el cuerpo ladeado para el lado donde las manos agarran el poste. Arriba de mi cabeza un cartel amarillo con letras gastadas y pintadas como si hubiera sido con aerosol y radiografía: “G.C.B.A – Actividades industriales”. Detrás de mí, todo el resto: arboles sin hojas por el otoño, una plaza de poco juegos y mucho alambre, partes de la vereda con pasto y otras partes con el pasto volado de un puñetazo sobre la tierra, el colectivo línea 50 que eran de los pocos en entrar al barrio, un supermercado que al año siguiente o el año anterior fue saqueado por el hambre, y los edificios. Edificios sin edificar, sin terminar, con grietas blancas a su alrededor.

No sólo me subía a postes de paradas de colectivos – de los pocos que paraban por el barrio, quiero insistir, porque quiero que quede retratado mi problema de circulación – sino también a los brazos de mi madre. Y no sólo en mi barrio. También en una Iglesia Evangélica en medio de Palermo.

Al borde de la foto, de otra foto de mi cajón en las que dice muchas veces la palabra “kodak”, aparece un hombre cortado. Sólo un tercio de él. Sólo un tercio le bastó para salir en la foto. Un señor panzón. Con entradas, con ojos grandes, con una sonrisa falsa, con bigotes que no paran de hablar del noventismo y el menemismo, una corbata, un traje. Lo que se notaba que no era un atuendo circunstancial, sino el conjunto de su ropero. Mi madre. Con un saco beige, una polera beige, el pelo corto. Mucha papada y rosasea. Y yo. Abrazado a ella. Sonriendo y mirando al angulo superior izquierdo. No sabía sonreír.




martes, 12 de mayo de 2020

Presunción


¿Te crees importante, Josefina? Mirá, yo entiendo que vos tenes que ocuparte de un caso en este momento. Pero en estos tiempos pandémicos, encuarentenados, distorsionados, también tenemos que comer. Yo sé que nos metió el trabajo, el estudio y la familia en la casa. Puedo ver hasta el último apunte que te circula por la cabeza. Puedo ver hasta el ultimo sello notarial dándote vueltas en la mano. Puedo ver la pelea de ayer con tu novio en la boca. Pero ahora: tenemos que comer.

Si fuera por mí pediría comida a domicilio. ¿Pero vos me entendés que se me hace un nudo moral en el pecho? Porque más que propina, no sé, hay que darles un sueldo y una prepaga. Que ni yo tengo. Y que si me tuviera que casar con un amigo para tener una lo más que llego es a OSECAC. Que tiene 2 millones de afiliados. Siempre te dicen eso en la grabación. ¿Cómo atienden 2 millones y encima en una pandemia? No sé, Josefina, me hacés meter en temas de bioética, deontología y cosas que no sé. Así que no lo único que nos queda es cocinar. Porque sino vamos a tener las defensas bajas. Y a la calle no podemos salir, porque si las defensas bajan… Deben bajar hasta ahí, ¿no? Y ahi es donde ellas se contagian, ¿no?

Me ponés la cabeza como un laberinto. Yo lo único que te quería pedir es que me ayudes con la cocina. Si querés meté tu caso en la olla y lo cocinamos. Lo firmamos todos y lo sellamos a la plancha.

El tema es que vos pensás que te boludeo. O que soy un cabrón. Pero soy sólo un muchacho con una cuchara de madera en la mano y condimentos en la otra. Capaz se me metió la pimienta por los poros y quedé picante. No picante tipo sexting, sino picante de malhumorado, ni esa recomendación del Gobierno quise seguir. Así que, por favor, sabe entender la situación, y ayudame a cocinar.

No sé. Te veo negada a tus necesidades básicas, Jose. Cuando vas al baño siento que queda olor a amparos, fallos y juicios. Pero, ¿sabes qué? Voy a aplicar el principio de presunción. Voy a pensar que no lo haces de mala. No, en serio. En serio. Sinceramente, voy a pensar que lo que hacés, es porque se te quedó pegada una lapicera a los ojos y un papel a la mano. Que lo hacés porque es tu trabajo, y bueno, tan solo eso. Es tu trabajo. ¿O es por coacción? Decime que no. Perdón, me pongo un poco paranoico.

Josefina. Perdón. Se me quemó todo mientras te respondía.


martes, 23 de abril de 2019

Notre Dame

Tengo la catedral de Notre Dame (tuve) prendida fuego en mi pecho. Así sentí mi semana (la siento). Un peso muerto (está muy vivo) que me llena los ojos de lágrimas, la boca de suspiros, y la nariz de mocos.

Algo de mí avanzó (avanza) y yo nunca lo abracé (abrazame). Dejé huerfano el casillero que conquisté jugando a las damas chinas (ya no quiero jugar). Se llenó de polvo, pero mi contrincante sigue mirándome, esperando el próximo movimiento (a veces lo veo enfurecerse). 

-¿No leíste las reglas? - me pregunta ya desesperado mi adversario.

-Hubo un incendio. Se quemó el manual - le respondí pesadamente.

-Improvisá. El juego no va a terminar.


Así que agarré el lapiz de labio y empecé a escribir en los espejos de la casa (veo mi reflejo). Besaba mis escritos, para maquillar mis labios (me quedaba bien). Y le coquetié a mi reflejo. Que avanzó para abrazarme. Para decirme que está muy vivo. Me dice que me ve enfurecer. Le digo que fueron sentimientos que tuve. Le digo que lo siento mucho, pero el juego no va a terminar. Jugar me queda bien.

lunes, 17 de septiembre de 2018

bajo el cenicero, la playa

¿Y si un día permaneciera inmóvil bajo el marco de una puerta, esperando que todo pase? ¿Si con la bocanada del humo, tapara el pasillo? Sería una picardía, tapar el fondo con la forma. Sería una picardía decir que el gris no es parte del paisaje, de los azulejos, de la madera añeja, de la botella de vino barata y vacía, del libro que todavía no leí, del libro que ya no quiero leer, del cuaderno donde tomo notas, de la puerta. De la puerta que le puse más pistillos, para sentirme más inseguro. ¿No sería recordarme, constantemente, que cada uno de esos pistillos, cierran el paso a la visita?

Y me dejaron en la puerta, en esa de las mil trabas, un mensaje:

"Sonrisa de algodón
que con el agua
se deshace

Agua
que con el algodón
se forma

Y así,
entre una y otra,
permanezco yo."

Me lo voy a poner en la biografía de Tinder. Con una foto con gafas de sol. Fumando un cigarrillo.
Seguro que bajo el cenicero, se encuentra la playa.

Y ahi, yo, en sunga. En la arena.
Esperando a tomar una decisión.
En donde la traba se vuelva barricada.
De esas, que abren camino a la revolución.

viernes, 13 de julio de 2018

reflejo

En su nombre, de repente, me vi reflejada. Sería falso decir que no aproveché responderle por un fin narcisista. Empecé pronunciando su nombre, saboreándolo, dándole a cada letra una entidad, un fantasma propio.

Pronuncié su nombre. Pronuncié mí nombre. Quedé pasmada. Quedé p-a-s-m-a-d-a. El aula quedó helada, era un viaje por Pompeya todo pago.



miércoles, 14 de octubre de 2015

Cuando yo me vaya, de Diana

Cuando yo me vaya

"Cuando yo me vaya no quiero gente de luto. Quiero muchos colores,  bebidas y  abundante comida; Esa que de niñ* me hacia  falta.

Cuando yo me vaya no aceptare críticas;  mas razonable y serio seria que me las hagan en vida
Cuando yo me vaya desearía una montaña de flores… Esa que l*s mil amores por los que he sufrido nunca supieron regalármelas

Cuando yo me vaya no quiero farsantes en mi despedida; quiero a mis travas queridas, a mi barrio lumpen a mis herman*s de la calle, de la vida  y de la lucha..

Cuando yo me vaya se que en algunas cuantas conciencias abre dejado la humilde enseñanza de la resistencia trava, sudaca, originaria.

Cuando yo me vaya quiero una despedida sin cruces ; tod*s saben sobre mi atea militancia
Y sin machos fachos porque también; saben  sobre mi pertenencia  feminista.

Cuando yo me vaya; espero haber echo un pequeño aporte a la lucha por un mundo sin desigualdad de genero, ni de clase


Cuando yo esta humilde trava se vaya; No me abre muerto …simplemente  me iré a besarles los pies a la pacha Mama."

Escrito por Diana, trans asesinada por la violencia de género y la masculinidad hegemónica. Por la ignorancia y el sistema.

viernes, 21 de agosto de 2015

Empecé

Empecé a fumar para que vengan los bondis,
y me lleven lejos, donde el humo me tape.

Empecé a golpearme la mano contra la pared,
para que se me haga sobrehueso.

Yo me arriesgo a los riesgos,
que beneficios lindos
ellos me dan.

Tomo de todo,
menos ácido fólico,

para no tener bebés.

lunes, 26 de enero de 2015

zona segura

El pecho se me cierra sobre el mantel  a cuadros de la mesa. Miro para todos lados, buscando un lugar seguro.
Todo me transmite la intranquiliad que mi cuerpo no busca. Se encienden cigarros en mi cabeza, me como las uñas, aún mientras empiezo a excarvar una herida de la pierna. Me lleno de sensaciones.
Mi madre me mira, ya cuando se siente impresionada por la sangre en mi uña por la herida.
-¿Estás bien? – Me pregunta, por primera vez, tratando de no querer saber expresamente que me sucede.
Le sonrío y me voy al cuarto.
Canto una canción que se me viene, catárticamente, a los labios.

“Y el río suena debajo de aquella alfombra,
Porque los peregrinos acuáticos quieren el terciopelo,
El terciopelo de tu desencanto,
Esa textura odiosa y brillante”

Me tiro, cantando, a la cama. Me ladeo hacia al lado de la pared, y recorro cada centímetro de ella con la mirada. Me veo, lentamente, caminando por ahí… me veo a mi mismo. Soy un punto móvil. Me dirijo poco a poco para donde me encuentro. Tengo miedo de que ese punto, tengo miedo de yo volver a mí. A fusionarme con mis lágrimas. A transformarme en aquél río debajo de la alfombra. Porque no debe llegar hasta mí. No debe. Yo era una zona segura. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

doble careta



Se frota la pija. Hola, buen día. Se la pasa por la cara. Un café, por favor. Dale, putita, dale. Y tres sobres de azúcar. Mira qué grande que la tengo. Disculpa, no me daban más el azúcar. Uh, pero como te acabo toda, hermosa. ¿En dónde nos habíamos quedado?. Ya vengo, voy a fumar un pucho, bebé. Ah, sí, en Arquímedes.

jueves, 20 de marzo de 2014

Un pequeño giro

Hoy las cosas se han vuelto toscas, el viento es bruto cuando golpea contra las paredes de los vagones, y solidario con lo que deja entrar por mis fosas nasales. No es poco decir. Son fosas nasales gigantes. Un onitorrinco, o un cerdo me acusarían de plagio; o se burlarían, en el peor de los casos.

Voy leyendo, con varias interrupciones parar mirar por la ventanilla, un libro de Sallinger que compré en una oferta, cerca de Primera Junta. Las páginas amarillentas, los pensamientos desbordados que me sugieren los vidrios sucios, y aquellos arboles pasar a altas velocidades; me llevan a otro mundo, otro sentir, otro vehemente viaje por senderos que no llevan ni andenes, ni furgones, ni el terrible olor de los mal cuidados transportes públicos…

Me doy vuelta, y con mi cuello, giran mis realidades. Una señora amamantando a su hijo, una persona con ropas precarias dándole un valor desmesurado y pasional a su pedazo de pan que guarda con celos, un hombre con traje esperando que se vea casual cuando se agache para tomar un poco de cocaína. La señora del asiento de atrás, mientras desabrocha a su niño de su seno, me pregunta cuánto falta para llegar a la última estación. No le supe responder. Creo que se ofendió un poco, de hecho.

La última estación… depende la última de qué, para quién, de qué momento hablemos. Mi última estación es siempre en la que el tren deja de funcionar. Sólo esa me interesa. Porque termine donde termine, yo bajaré allí, sin saber cuál sea. No es un pecado no tener un propósito, un fin, un objetivo, un pensamiento acabado de qué mierda voy a hacer cuando me baje del tren. No la culpo a la señora. Ya desde el momento de ver su cabello, supe que no podía pretender de ella ninguna pregunta de buen gusto, ni una idea general de cómo puede ser la vida del resto, del otro, la mía. Está bien, ella debió esperar una respuesta como “Oh, sí, la última estación es…”. Hm. Está bien, ella esperaba que yo me hubiera tomado ese tren, porque yo sabía el camino del mismo. Qué fácil. Qué básico.

Volvió  a preguntarme si al menos sabía por dónde estábamos. ¿Y si la abrazo? ¿Y si le lloro? ¿Y si le digo que solo quiero viajar, llorar, y leer? ¿Y si le digo que nada es tan terrible? ¿Y si le digo que todo es un viaje? ¿Si le digo que girando el cuello, giran las realidades, que mutan, que se transforman, que cambian, que te sumergen? ¿Y si le pido, y si le pido que me gire el cuello? ¿Si le pido que me gire el cuello abrazándome, abrazándome y diciéndome ella misma dónde estoy? Que le pregunte a otro. Que lo haga, y que vuelva. Que vuelva y me abrace. Que luego me gire el cuello…


El niño, su niño, se desprende de su seno una vez más. Se acurruca en sus pechos. Ella lo abraza, y acuna. Sólo me devolvió una pequeña sonrisa. Casi creo en su empatía, y todo. Pero volvió a su lugar, a mirar por su ventanilla. Ella no puede ni girar su propio cuello.

domingo, 9 de febrero de 2014

Vanalidad

¿Estoy bien ahí? ¿Me enfoca esto? Claro. La cámara me va a contestar, seguramente. Yo creo que no filma nada. Y... si la compré a cuarenta mangos en una subasta por Parque Centenario. Está bien que no funcione. El boludo soy yo, que la compré estando toda rota y con un sticker de Kitty. Qué pegatina más detestable.
Bueno, no. No filma. Ya está. Se entendió.

¡Pero qué frío que hace! Cierro la ventana. Entra un chiflete de la San Puta... Siempre falta una para el peso. Siempre le digo a el viejo que prenda la estuf-...¿Que es esto? Ay, se volcó la bebida en el piso. Emilio siempre deja el vaso apoyado en el piso. Pero yo digo, ¿este chico no piensa madurar más? Quiero mi pieza propia. Quiero mi piso propio. Quiero... ¡quiero que la cámara funcione! Así tengo pruebas y la vieja finalmente lo reta.

Me voy afuera. Saco el último pucho del atado (el de la suerte, para llamar al amor de tu vida... a tu vida). Siempre se siente más rico que el resto este cigarro... ¿Será que es porque me estoy fumando mi suerte? Me la fumo pero no tiene mucho efecto, les comento... Bueno, quizá sí. El de la casa de videos ayer me miró cariñosamente. Lástima que su pelo graso y sus rasgos provenientes de una pubertad tardía no me llamen la atención.

Entro. La cámara sigue en el mismo lugar de antes. La prendo (¿la prendo?). "Hola, bueno... me llamo Joaco y... nada. Es estúpido. No anda. No anda y yo le estoy hablando a la nada.". Luego de sentirme patético hablándole a un objeto con una lente (un tanto manchada, por cierto), entendí que si filmaba o no, no era en fin el verdadero objetivo... lo único que necesitaba era hablar:

"Ana... si te contara, Ana, Anita..Días, días sin poder dejar de pensar. Pienso que me voy a enfermar, que voy a estar sólo para siempre, que mi mama sospecha sobre ciertas cosas, que el cigarrillo me va a matar de la noche a la mañana... Ay, Ana. Pienso, y no paro de pensar. Pero, ¿a vos te parece? Ningún pensamiento es lindo. Ninguno. Y yo me vendo como alguien de paz y amor... Bah, me vendo. Me compran. Yo nunca me promocioné (o tal vez sí, pero sólo estoy dispuesto a transmitírselo a los demás, quizá). 
Acoplado bajo un mar de baja autoestima, y un océano de malos pensamientos, mi vida se volvió un caos. Todo me parece inmanejable. No le encuentro el manual de instrucciones ni para hacer un huevo frito ya... Mi cuerpo no es lo que yo quiero. Mi alma casi que sí. Mi cerebro ya ni lo entiendo. Mi sonrisa perdura. No entiende ella... pobre... sigue activada en algún recóndito lugar de mi psiquis... La quiero. A ella la quiero un poco. La sonrisa que tengo, se la quiera o no, sigue ahí. Es raro que se me borre. Como, también, es raro verme enojado. Es lamentable la gente que así me conoce, porque mira que mi sonrisa batalla contra viento y marea para que no se despierte ese gran gigante malhu-..." En eso entra Emilio. Me mira. Se rie. Claramente, estuvo espiando un poco mi pequeña situación  antes de irrumpir en la habitación. Deja un vaso apoyado en el piso, inconcientemente, eh, no es algo que haga a propósito... y se va, dando un pequeño golpe en la pared, casi en el marco de la puerta.

Yo sé que Emilio no es un hijo de puta, porque sino seríamos hijos de la misma puta, y a mi no me conviene. A mi vieja tampoco, digamos. No la deja en un muy buen lugar. Pero este chico... este chico sabe como enervarte, es tan claro su resentimiento con esta vida que no le dio la bienvenida, que de a poco, día a día, vanalidad a vanalidad... va tratando de contagiarte aquella misma obsesión por encontrar cada pequeña cosa en la vida que no pediste, y que te la cagó.

Por la ventana se escucha una lluvia horrible. Caen pequeñas gotas a través de las hendijas de la misma, resbalándose, cayéndose al final de la pared, detonando el ruido de la calle que guarda en su interior. Por la suave espalda de una gota que cae encima de un libro, se posa una pequeña mosca. La absorve. La joroba del camello acuático, ahora tiene en ella una reserva de... moscas. Me resguardo entre mi música francesa bajada por internet, algunas cartas de viejos amigos, y la divagación visual que me produce mirar una y otra vez el mismo disco de vinilo de Yellow Submarine, mientras escucho el minuto de 3:01 de Je Veux...

martes, 24 de septiembre de 2013

Experimental expomental

Deseos de un actor que experimenta. Deseos de un actor para con un espectador. 

Quiero involucrarte, absorverte, mimarte, molestarte, besarte, tocarte, moverte, irritarte, observarte, obsesionarte. Quiero mover las fibras intactas de tu pasiva postura, quiero mover los cabellos estáticos sobre tu cabeza, quiero hacerte girar la cabeza hasta que te ponga nervioso el no poder verme, quiero hacerte pensar como va a seguir la obra, quiero hacerte sentir que puedo estar encima, abajo, al costado tuyo.
Que esos ojos posicionados horizontalmente sobre la línea de tu cráneo, giren y sigan tu cabeza al moverse, sin parar, en ningún momento, para que seas el más activo de los espectadores activos. Que esos pelos de tus brazos se ericen para darte cuenta que estoy, para que te des cuenta que estás.
No seas ni burgués, ni cómodo, ni pesado. No seas ambiguo, ni distraído, ni esquivo. No seas por todas las cosas un calefactor corporal para el espacio, sino que la energía que irradies sea una calefacción motivacional, vocacional, experimental.
Atrévete al experimento, al sueño, a la culminación del arte por entre medio de los cuerpos. Atrévete a probar otros cuerpos, oler otros cuerpos, tocar otros cuerpos.

Olvídate de lo establecido, de lo acordado, y de lo aceptado; porque todo eso, no son más que límites para la experimentación, no son más que límites para ti mismo.  

jueves, 5 de septiembre de 2013

Soledad

Y las casas altas rodean las libertades de unos pocos transeúntes. Me incluyo en ellos. En los transeúntes, claramente. He querido ser una casa alta, pero la oligarquía me dijo que olía un poco mal. Aún entre los de mi grupo me siento extraño, porque yo camino con los pies cruzados. Me sale así. Qué voy a hacer. 

Me meto en negocios de libros, en esos que dicen “tres libros por quince pesos”. Los miro. Los miro como siempre, sabiendo que sólo encontraré una cierta variedad de tomos del National Geographic, o libros de la infancia de algún buen señor.

¿Y si ponen negocios de pesca? No me interesan, pero yo entraría por el simple hecho de parecer que busco algo. Me gusta entrar a un negocio y preguntar por algo que no voy a usar. “Buen día, ¿tiene una caña de cinco milímetros?”, sería maravilloso, aún cuando estoy en contra de la pesca. La gente ya no valora los pequeños detalles, los rituales, como el de entrar a un comercio y preguntar por algo.

Sigo mi rumbo, luego de mis miradas furtivas por libros inútiles, y pensamientos aún menos constructivos. Por las calles del centro uno siente que todo está bien, que todo es posible. La soledad empieza en cuanto uno abre la puerta de su casa. En el primer instante en que uno gira la llave. Ese sentimiento de angustia mezclado con recuerdos añejos de un pasado triste. Se desvanece o se acentúa a los primeros sorbos de un té que uno compró porque pensó que sería bueno para la memoria, o para bajar de peso. Esos té de marcas conocidas por veganos o por gente adicta a las herboristerías. Los que están hechos de ginseng parecen bastante bonitos. Sus cajas son verdes, y con siglas coreanas que la rodean por todas partes. Me los compro pensando que después de beber un poco, sentiré que el mundo se aliviana a mis espaldas, que todos esos sentimientos que se producen al girar la llave se van a atenuar, como una tempera mojada con agua. No sucede, y me pongo a llorar. ¿Pero qué importa? Beber el té con unas lágrimas en los ojos sólo le agregan al cuadro un poco de emoción, y ese glamour que qué-sé-yo de las películas. Aquellas que uno ve un domingo a la noche, con frazada, chocolates, y falsas expectativas de una buena velada solitaria y vespertina. Me duermo haciendo eso.

Despierto en un mundo donde el ciclo vuelve a fundirse en un mismo punto. El viaje al centro en tranvía, el cigarro que prendí al salir de la estación, el libro que hojeo siempre en la misma biblioteca callejera, y los negocios… los negocios que guarden dentro de sí, con una mirada muy íntima hacia mí, todos esos rituales de preguntas, y miradas desafortunadas a ofertas vacías.

jueves, 21 de marzo de 2013

Luego de la oscuridad

"(...)En la playa, un poco más allá, encontraréis tres grandes rocas redondas. Empujadlas hasta donde queráis. Y allí donde os detengáis será donde viviréis. Cuanto más arriba subáis, tanto más lejos alcanzaréis a ver el mundo. Decidid vosotros hasta dónde queréis llegar.(...)"


martes, 19 de febrero de 2013

gato puerta

Yo, ahora mismo, estoy sentando en el borde de este balcón. Sabes que me dan mucho miedo las alturas. Pero estoy acá para verte. ¡Ah! Ahí te veo un poco.

Estoy casi por caerme del edificio, pero te puedo ver. Vos, como siempre, me saludas, y me ofreces tomar unos mates - no te das cuenta que estoy por caerme siempre que te saludo por el balcón. Muy tímidamente te digo que no, que no puedo, que se me escapa el gato cuando abro la puerta. Te reís. Río también, pero de una forma mucho más tonta, inexperimentada, y melancólica.

Prendés un pucho y me decís que después hablamos, que te llama tu hermano por teléfono - para saber cómo anda, debe ser; se mudo hace poco al departamento. Te saludo de la forma más cariñosa que puedo, tratando de no tirarme hacia un viaje directo al pavimento.

Le rezo a todos los santos que me enseñaron en la primaria y en la catequesis, y trato de pararme normalmente otra vez. Voy con mi gato. Lo miro. Lo miro y le digo que si no se escapara cuando abro la puerta, podría ser feliz.

martes, 12 de febrero de 2013

"Gente necesaria" de Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente,que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

Se lo dedico a toda esa gente que me es necesaria.

martes, 27 de noviembre de 2012

sueño (o no) (oh no) (oooooh, ¡no!)

No entiendo qué pasó. Antes había pasto acá. Por allá siempre corría la hija de la señora Rotemberg, esa del 4ºB. Dalia, la hermanita, siempre tiraba huevos a esa esquina. El señor del kiosco siempre se enojaba con ella. ¿Te acordas? No entiendo qué pasó. ¿Cómo que salió en las noticias? ¡Pero si sabes que no miro el noticiero! ¿Por qué no me contaste de nada de esto? ¿Cómo que querías cuidarme? ¡Pero si estoy mucho peor ahora!
No encuentro el sube y baja. No encuentro el bebedero, el pasto, el pasto, las sombras de la gente. Todo. ¿Dónde está todo? ¿Te lo llevaste vos? Decime que lo tenes vos Si lo tenes vos, está todo bien, porque yo confío en vos. Yo sé que lo vas a devolver, que lo hiciste sólo para molestarme. Lo tenes vos. Decime que es así. ¿Cómo que se lo llevaron? ¿Quién se lo llevó? ¡Yo y mi puta convicción de no ver el noticiero! ¿Quién lo tiene?
No. No me importa quién lo tiene. ¿Qué estoy diciendo? Es todo un sueño. Ahora voy a irme a dormir al sillón, despertaré, y estarán de vuelta todas las hamacas y calesitas. Vení. Vamos a dormir juntos. Abrazame, como aquellas noches de pasión en las que caímos por el alcohol y nos alivió la pesadumbre del beso solitario que encontraba una compañía. Vení. Vení. ¿Ahora somos todos timidos? Por favor. Vení.
A la cuenta de tres, cerramos ambos los ojos, y los abriremos ante un nuevo mundo. Un mundo con hamacas, calesitas, payasos dándonos sonrisas (y no folletos para verlos por 50 pesos en Paseo La Plaza), y gente disfrazada (de gente).
¡Ey! ¡Te dije que durmieras! ¿Por qué lloras? No llores. Nos amamos. Estamos durmiendo abrazados (porque en realidad, es un sueño, ya estamos durmiendo), ¿qué te pasa? Dale. Despertemos de este sueño durmiendo a la inversa. Dale. No entiendo tus lágrimas. ¿Es porque no veo el noticiero? Lo empiezo a ver por vos, amor. Sólo no me hagas ver el de las corporaciones amarillistas, ni los del estado. Soy feliz con un uno que sólo me diga cómo está el tráfico y el clima.
¿Por qué lloras? Me vas a hacer llorar... No sólo no veo más la plaza y los niños, sino que tampoco veo la sonrisa que me enamoró en ese entonces, allá por los pagos lluviosos del mes de Abril. ¿Qué pasa? ¿Cómo que se llevaron todo y esto no es un sueño?
Sea un sueño o no, yo quiero dormir. No quiero ver más esta escena.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Esquina, esquina

Me he cansado de esperarte en la esquina de la avenida todas las mañanas. Me cansé. Lo decidí esta mañana al despertar. Me desperté, justamente, para ir a verte. "Ya me cansé", dije, y me di vuelta dentro de la cama.
Seguro que pasaste por ahí, como todas las mañanas. No te pude ver. Es una lástima - sabes bien que me gusta ir a verte. Pero no podía. Mis ánimos no me lo permitían. Te vi. Te vi la otra vez con él. Que sean felices, en serio te digo,. Vos sabes que quiero lo mejor para vos. Ey, no pasa nada. Sabes que no me gusta reclamarte nada.
A la tarde salí a la calle a fumar un pucho. Estaba medio nublado, y el viento me pegaba en la cara. Tendrías que haber estado conmigo. Ese viento, esa brisa, ese mar de recuerdos que chocaba contra mí, contra mis ojos. Esa incontinencia del grito, ese sollozo que guardo en mi garganta. Ella guarece todas mis verdades, mis mentiras, y todas las puteadas que nunca me atreví a decirte.
El pucho se apagó rápido. Más bien, se consumió. Quedé mirando un árbol de jacarandá, al cual le tomé cariño por una profesora de la secundaria. A ella le gustaban. Sí, ya sé que no te importa, nunca te importó nada de lo que te dije.
Me cansé. Me cansé de levantarme todas las mañanas para verte pasar por la vereda de en frente, siempre con esa campera de jean verde, y esos anteojos negros finos. Ya no sé como perder la mirada para que no me percibas - como si lo hicieras, de alguna manera.
La incoherencia de estos hechos, mi mal habla en la cama, mis palpitaciones en esa esquina, la cerveza, la cerveza, mi vieja me llama todas las mañanas, te espero, me canso, la esquina, las canciones que te gustaban, la lista de reproducción que te armé, el pucho que compartimos, la calle, la calle y el viento.
¿Qué? No, ya no te voy a esperar más.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

mini relato II

Elvira no me da bola. Le dije. Le comenté que lo que yo sentía por ella era algo tremendo. Se rió. Me dijo que no entendía de qué carajo le hablaba. Ella siempre fue muy fría para esas cosas. Con ella, el cariño, va a parar a sus tetas. Lugar desconocido hasta para el ex-marido. Porque no sólo es fría, es frígida la muy hija de su madre.
Después, viste, Carlitos, está re mal. Le dijo a la carnicera que le goteaba la caldera - esa es su forma de decirle que está enamorado de ella -. ¿Sabés que le contestó? ¡Bueno, hombre, y qué me cuenta, dígale al plomero! Una desvergonzada, cuchame.
De Manolo ni te cuento. Está hasta internado me parece. El mal de amores viene en pandemia. Viene en pandemia, y jodida.
Ah, ¿qué te cansaste de escucharme?
Pero la pucha, ni yo me salvo.

mini relato I

Porque sin mi guía T me pierdo. La llevo a todos lados. A veces en la mochila (esa de tela de muchos colores). A veces en el bolsillo de mi campera negra grande. A veces en mi mano, esperando el momento oportuno de abrir la página correcta.
Sin mi guía T me pierdo un poco. La tengo para algo, viste. ¡Ay! ¡Cuando no la encuentro! Es un horror.
Pero me están cagando. Porque la sigo teniendo, está acá, al lado mío. Y yo estoy perdido. Estoy perdido y no sé por qué. No tengo a quién preguntarle por la avenida. Ya les pregunté. Me ignoraron. Me dijeron "Y, fijate en los carteles, pibe". No entendí. Esas contestaciones me ponen peor.
Pero a mí me están cagando, eh. A mi eso no me lo sacan de la cabeza. Yo la tengo acá al lado, mira, te la muestro y todo; y yo, yo estoy perdido.