domingo, 9 de febrero de 2014

Vanalidad

¿Estoy bien ahí? ¿Me enfoca esto? Claro. La cámara me va a contestar, seguramente. Yo creo que no filma nada. Y... si la compré a cuarenta mangos en una subasta por Parque Centenario. Está bien que no funcione. El boludo soy yo, que la compré estando toda rota y con un sticker de Kitty. Qué pegatina más detestable.
Bueno, no. No filma. Ya está. Se entendió.

¡Pero qué frío que hace! Cierro la ventana. Entra un chiflete de la San Puta... Siempre falta una para el peso. Siempre le digo a el viejo que prenda la estuf-...¿Que es esto? Ay, se volcó la bebida en el piso. Emilio siempre deja el vaso apoyado en el piso. Pero yo digo, ¿este chico no piensa madurar más? Quiero mi pieza propia. Quiero mi piso propio. Quiero... ¡quiero que la cámara funcione! Así tengo pruebas y la vieja finalmente lo reta.

Me voy afuera. Saco el último pucho del atado (el de la suerte, para llamar al amor de tu vida... a tu vida). Siempre se siente más rico que el resto este cigarro... ¿Será que es porque me estoy fumando mi suerte? Me la fumo pero no tiene mucho efecto, les comento... Bueno, quizá sí. El de la casa de videos ayer me miró cariñosamente. Lástima que su pelo graso y sus rasgos provenientes de una pubertad tardía no me llamen la atención.

Entro. La cámara sigue en el mismo lugar de antes. La prendo (¿la prendo?). "Hola, bueno... me llamo Joaco y... nada. Es estúpido. No anda. No anda y yo le estoy hablando a la nada.". Luego de sentirme patético hablándole a un objeto con una lente (un tanto manchada, por cierto), entendí que si filmaba o no, no era en fin el verdadero objetivo... lo único que necesitaba era hablar:

"Ana... si te contara, Ana, Anita..Días, días sin poder dejar de pensar. Pienso que me voy a enfermar, que voy a estar sólo para siempre, que mi mama sospecha sobre ciertas cosas, que el cigarrillo me va a matar de la noche a la mañana... Ay, Ana. Pienso, y no paro de pensar. Pero, ¿a vos te parece? Ningún pensamiento es lindo. Ninguno. Y yo me vendo como alguien de paz y amor... Bah, me vendo. Me compran. Yo nunca me promocioné (o tal vez sí, pero sólo estoy dispuesto a transmitírselo a los demás, quizá). 
Acoplado bajo un mar de baja autoestima, y un océano de malos pensamientos, mi vida se volvió un caos. Todo me parece inmanejable. No le encuentro el manual de instrucciones ni para hacer un huevo frito ya... Mi cuerpo no es lo que yo quiero. Mi alma casi que sí. Mi cerebro ya ni lo entiendo. Mi sonrisa perdura. No entiende ella... pobre... sigue activada en algún recóndito lugar de mi psiquis... La quiero. A ella la quiero un poco. La sonrisa que tengo, se la quiera o no, sigue ahí. Es raro que se me borre. Como, también, es raro verme enojado. Es lamentable la gente que así me conoce, porque mira que mi sonrisa batalla contra viento y marea para que no se despierte ese gran gigante malhu-..." En eso entra Emilio. Me mira. Se rie. Claramente, estuvo espiando un poco mi pequeña situación  antes de irrumpir en la habitación. Deja un vaso apoyado en el piso, inconcientemente, eh, no es algo que haga a propósito... y se va, dando un pequeño golpe en la pared, casi en el marco de la puerta.

Yo sé que Emilio no es un hijo de puta, porque sino seríamos hijos de la misma puta, y a mi no me conviene. A mi vieja tampoco, digamos. No la deja en un muy buen lugar. Pero este chico... este chico sabe como enervarte, es tan claro su resentimiento con esta vida que no le dio la bienvenida, que de a poco, día a día, vanalidad a vanalidad... va tratando de contagiarte aquella misma obsesión por encontrar cada pequeña cosa en la vida que no pediste, y que te la cagó.

Por la ventana se escucha una lluvia horrible. Caen pequeñas gotas a través de las hendijas de la misma, resbalándose, cayéndose al final de la pared, detonando el ruido de la calle que guarda en su interior. Por la suave espalda de una gota que cae encima de un libro, se posa una pequeña mosca. La absorve. La joroba del camello acuático, ahora tiene en ella una reserva de... moscas. Me resguardo entre mi música francesa bajada por internet, algunas cartas de viejos amigos, y la divagación visual que me produce mirar una y otra vez el mismo disco de vinilo de Yellow Submarine, mientras escucho el minuto de 3:01 de Je Veux...

martes, 24 de septiembre de 2013

Experimental expomental

Deseos de un actor que experimenta. Deseos de un actor para con un espectador. 

Quiero involucrarte, absorverte, mimarte, molestarte, besarte, tocarte, moverte, irritarte, observarte, obsesionarte. Quiero mover las fibras intactas de tu pasiva postura, quiero mover los cabellos estáticos sobre tu cabeza, quiero hacerte girar la cabeza hasta que te ponga nervioso el no poder verme, quiero hacerte pensar como va a seguir la obra, quiero hacerte sentir que puedo estar encima, abajo, al costado tuyo.
Que esos ojos posicionados horizontalmente sobre la línea de tu cráneo, giren y sigan tu cabeza al moverse, sin parar, en ningún momento, para que seas el más activo de los espectadores activos. Que esos pelos de tus brazos se ericen para darte cuenta que estoy, para que te des cuenta que estás.
No seas ni burgués, ni cómodo, ni pesado. No seas ambiguo, ni distraído, ni esquivo. No seas por todas las cosas un calefactor corporal para el espacio, sino que la energía que irradies sea una calefacción motivacional, vocacional, experimental.
Atrévete al experimento, al sueño, a la culminación del arte por entre medio de los cuerpos. Atrévete a probar otros cuerpos, oler otros cuerpos, tocar otros cuerpos.

Olvídate de lo establecido, de lo acordado, y de lo aceptado; porque todo eso, no son más que límites para la experimentación, no son más que límites para ti mismo.  

jueves, 5 de septiembre de 2013

Soledad

Y las casas altas rodean las libertades de unos pocos transeúntes. Me incluyo en ellos. En los transeúntes, claramente. He querido ser una casa alta, pero la oligarquía me dijo que olía un poco mal. Aún entre los de mi grupo me siento extraño, porque yo camino con los pies cruzados. Me sale así. Qué voy a hacer. 

Me meto en negocios de libros, en esos que dicen “tres libros por quince pesos”. Los miro. Los miro como siempre, sabiendo que sólo encontraré una cierta variedad de tomos del National Geographic, o libros de la infancia de algún buen señor.

¿Y si ponen negocios de pesca? No me interesan, pero yo entraría por el simple hecho de parecer que busco algo. Me gusta entrar a un negocio y preguntar por algo que no voy a usar. “Buen día, ¿tiene una caña de cinco milímetros?”, sería maravilloso, aún cuando estoy en contra de la pesca. La gente ya no valora los pequeños detalles, los rituales, como el de entrar a un comercio y preguntar por algo.

Sigo mi rumbo, luego de mis miradas furtivas por libros inútiles, y pensamientos aún menos constructivos. Por las calles del centro uno siente que todo está bien, que todo es posible. La soledad empieza en cuanto uno abre la puerta de su casa. En el primer instante en que uno gira la llave. Ese sentimiento de angustia mezclado con recuerdos añejos de un pasado triste. Se desvanece o se acentúa a los primeros sorbos de un té que uno compró porque pensó que sería bueno para la memoria, o para bajar de peso. Esos té de marcas conocidas por veganos o por gente adicta a las herboristerías. Los que están hechos de ginseng parecen bastante bonitos. Sus cajas son verdes, y con siglas coreanas que la rodean por todas partes. Me los compro pensando que después de beber un poco, sentiré que el mundo se aliviana a mis espaldas, que todos esos sentimientos que se producen al girar la llave se van a atenuar, como una tempera mojada con agua. No sucede, y me pongo a llorar. ¿Pero qué importa? Beber el té con unas lágrimas en los ojos sólo le agregan al cuadro un poco de emoción, y ese glamour que qué-sé-yo de las películas. Aquellas que uno ve un domingo a la noche, con frazada, chocolates, y falsas expectativas de una buena velada solitaria y vespertina. Me duermo haciendo eso.

Despierto en un mundo donde el ciclo vuelve a fundirse en un mismo punto. El viaje al centro en tranvía, el cigarro que prendí al salir de la estación, el libro que hojeo siempre en la misma biblioteca callejera, y los negocios… los negocios que guarden dentro de sí, con una mirada muy íntima hacia mí, todos esos rituales de preguntas, y miradas desafortunadas a ofertas vacías.

jueves, 21 de marzo de 2013

Luego de la oscuridad

"(...)En la playa, un poco más allá, encontraréis tres grandes rocas redondas. Empujadlas hasta donde queráis. Y allí donde os detengáis será donde viviréis. Cuanto más arriba subáis, tanto más lejos alcanzaréis a ver el mundo. Decidid vosotros hasta dónde queréis llegar.(...)"


martes, 19 de febrero de 2013

gato puerta

Yo, ahora mismo, estoy sentando en el borde de este balcón. Sabes que me dan mucho miedo las alturas. Pero estoy acá para verte. ¡Ah! Ahí te veo un poco.

Estoy casi por caerme del edificio, pero te puedo ver. Vos, como siempre, me saludas, y me ofreces tomar unos mates - no te das cuenta que estoy por caerme siempre que te saludo por el balcón. Muy tímidamente te digo que no, que no puedo, que se me escapa el gato cuando abro la puerta. Te reís. Río también, pero de una forma mucho más tonta, inexperimentada, y melancólica.

Prendés un pucho y me decís que después hablamos, que te llama tu hermano por teléfono - para saber cómo anda, debe ser; se mudo hace poco al departamento. Te saludo de la forma más cariñosa que puedo, tratando de no tirarme hacia un viaje directo al pavimento.

Le rezo a todos los santos que me enseñaron en la primaria y en la catequesis, y trato de pararme normalmente otra vez. Voy con mi gato. Lo miro. Lo miro y le digo que si no se escapara cuando abro la puerta, podría ser feliz.

martes, 12 de febrero de 2013

"Gente necesaria" de Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente,que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

Se lo dedico a toda esa gente que me es necesaria.

martes, 27 de noviembre de 2012

sueño (o no) (oh no) (oooooh, ¡no!)

No entiendo qué pasó. Antes había pasto acá. Por allá siempre corría la hija de la señora Rotemberg, esa del 4ºB. Dalia, la hermanita, siempre tiraba huevos a esa esquina. El señor del kiosco siempre se enojaba con ella. ¿Te acordas? No entiendo qué pasó. ¿Cómo que salió en las noticias? ¡Pero si sabes que no miro el noticiero! ¿Por qué no me contaste de nada de esto? ¿Cómo que querías cuidarme? ¡Pero si estoy mucho peor ahora!
No encuentro el sube y baja. No encuentro el bebedero, el pasto, el pasto, las sombras de la gente. Todo. ¿Dónde está todo? ¿Te lo llevaste vos? Decime que lo tenes vos Si lo tenes vos, está todo bien, porque yo confío en vos. Yo sé que lo vas a devolver, que lo hiciste sólo para molestarme. Lo tenes vos. Decime que es así. ¿Cómo que se lo llevaron? ¿Quién se lo llevó? ¡Yo y mi puta convicción de no ver el noticiero! ¿Quién lo tiene?
No. No me importa quién lo tiene. ¿Qué estoy diciendo? Es todo un sueño. Ahora voy a irme a dormir al sillón, despertaré, y estarán de vuelta todas las hamacas y calesitas. Vení. Vamos a dormir juntos. Abrazame, como aquellas noches de pasión en las que caímos por el alcohol y nos alivió la pesadumbre del beso solitario que encontraba una compañía. Vení. Vení. ¿Ahora somos todos timidos? Por favor. Vení.
A la cuenta de tres, cerramos ambos los ojos, y los abriremos ante un nuevo mundo. Un mundo con hamacas, calesitas, payasos dándonos sonrisas (y no folletos para verlos por 50 pesos en Paseo La Plaza), y gente disfrazada (de gente).
¡Ey! ¡Te dije que durmieras! ¿Por qué lloras? No llores. Nos amamos. Estamos durmiendo abrazados (porque en realidad, es un sueño, ya estamos durmiendo), ¿qué te pasa? Dale. Despertemos de este sueño durmiendo a la inversa. Dale. No entiendo tus lágrimas. ¿Es porque no veo el noticiero? Lo empiezo a ver por vos, amor. Sólo no me hagas ver el de las corporaciones amarillistas, ni los del estado. Soy feliz con un uno que sólo me diga cómo está el tráfico y el clima.
¿Por qué lloras? Me vas a hacer llorar... No sólo no veo más la plaza y los niños, sino que tampoco veo la sonrisa que me enamoró en ese entonces, allá por los pagos lluviosos del mes de Abril. ¿Qué pasa? ¿Cómo que se llevaron todo y esto no es un sueño?
Sea un sueño o no, yo quiero dormir. No quiero ver más esta escena.