lunes, 17 de septiembre de 2018

bajo el cenicero, la playa

¿Y si un día permaneciera inmóvil bajo el marco de una puerta, esperando que todo pase? ¿Si con la bocanada del humo, tapara el pasillo? Sería una picardía, tapar el fondo con la forma. Sería una picardía decir que el gris no es parte del paisaje, de los azulejos, de la madera añeja, de la botella de vino barata y vacía, del libro que todavía no leí, del libro que ya no quiero leer, del cuaderno donde tomo notas, de la puerta. De la puerta que le puse más pistillos, para sentirme más inseguro. ¿No sería recordarme, constantemente, que cada uno de esos pistillos, cierran el paso a la visita?

Y me dejaron en la puerta, en esa de las mil trabas, un mensaje:

"Sonrisa de algodón
que con el agua
se deshace

Agua
que con el algodón
se forma

Y así,
entre una y otra,
permanezco yo."

Me lo voy a poner en la biografía de Tinder. Con una foto con gafas de sol. Fumando un cigarrillo.
Seguro que bajo el cenicero, se encuentra la playa.

Y ahi, yo, en sunga. En la arena.
Esperando a tomar una decisión.
En donde la traba se vuelva barricada.
De esas, que abren camino a la revolución.

viernes, 13 de julio de 2018

reflejo

En su nombre, de repente, me vi reflejada. Sería falso decir que no aproveché responderle por un fin narcisista. Empecé pronunciando su nombre, saboreándolo, dándole a cada letra una entidad, un fantasma propio.

Pronuncié su nombre. Pronuncié mí nombre. Quedé pasmada. Quedé p-a-s-m-a-d-a. El aula quedó helada, era un viaje por Pompeya todo pago.



miércoles, 14 de octubre de 2015

Cuando yo me vaya, de Diana

Cuando yo me vaya

"Cuando yo me vaya no quiero gente de luto. Quiero muchos colores,  bebidas y  abundante comida; Esa que de niñ* me hacia  falta.

Cuando yo me vaya no aceptare críticas;  mas razonable y serio seria que me las hagan en vida
Cuando yo me vaya desearía una montaña de flores… Esa que l*s mil amores por los que he sufrido nunca supieron regalármelas

Cuando yo me vaya no quiero farsantes en mi despedida; quiero a mis travas queridas, a mi barrio lumpen a mis herman*s de la calle, de la vida  y de la lucha..

Cuando yo me vaya se que en algunas cuantas conciencias abre dejado la humilde enseñanza de la resistencia trava, sudaca, originaria.

Cuando yo me vaya quiero una despedida sin cruces ; tod*s saben sobre mi atea militancia
Y sin machos fachos porque también; saben  sobre mi pertenencia  feminista.

Cuando yo me vaya; espero haber echo un pequeño aporte a la lucha por un mundo sin desigualdad de genero, ni de clase


Cuando yo esta humilde trava se vaya; No me abre muerto …simplemente  me iré a besarles los pies a la pacha Mama."

Escrito por Diana, trans asesinada por la violencia de género y la masculinidad hegemónica. Por la ignorancia y el sistema.

viernes, 21 de agosto de 2015

Empecé

Empecé a fumar para que vengan los bondis,
y me lleven lejos, donde el humo me tape.

Empecé a golpearme la mano contra la pared,
para que se me haga sobrehueso.

Yo me arriesgo a los riesgos,
que beneficios lindos
ellos me dan.

Tomo de todo,
menos ácido fólico,

para no tener bebés.

lunes, 26 de enero de 2015

zona segura

El pecho se me cierra sobre el mantel  a cuadros de la mesa. Miro para todos lados, buscando un lugar seguro.
Todo me transmite la intranquiliad que mi cuerpo no busca. Se encienden cigarros en mi cabeza, me como las uñas, aún mientras empiezo a excarvar una herida de la pierna. Me lleno de sensaciones.
Mi madre me mira, ya cuando se siente impresionada por la sangre en mi uña por la herida.
-¿Estás bien? – Me pregunta, por primera vez, tratando de no querer saber expresamente que me sucede.
Le sonrío y me voy al cuarto.
Canto una canción que se me viene, catárticamente, a los labios.

“Y el río suena debajo de aquella alfombra,
Porque los peregrinos acuáticos quieren el terciopelo,
El terciopelo de tu desencanto,
Esa textura odiosa y brillante”

Me tiro, cantando, a la cama. Me ladeo hacia al lado de la pared, y recorro cada centímetro de ella con la mirada. Me veo, lentamente, caminando por ahí… me veo a mi mismo. Soy un punto móvil. Me dirijo poco a poco para donde me encuentro. Tengo miedo de que ese punto, tengo miedo de yo volver a mí. A fusionarme con mis lágrimas. A transformarme en aquél río debajo de la alfombra. Porque no debe llegar hasta mí. No debe. Yo era una zona segura. 

jueves, 4 de diciembre de 2014

doble careta



Se frota la pija. Hola, buen día. Se la pasa por la cara. Un café, por favor. Dale, putita, dale. Y tres sobres de azúcar. Mira qué grande que la tengo. Disculpa, no me daban más el azúcar. Uh, pero como te acabo toda, hermosa. ¿En dónde nos habíamos quedado?. Ya vengo, voy a fumar un pucho, bebé. Ah, sí, en Arquímedes.

jueves, 20 de marzo de 2014

Un pequeño giro

Hoy las cosas se han vuelto toscas, el viento es bruto cuando golpea contra las paredes de los vagones, y solidario con lo que deja entrar por mis fosas nasales. No es poco decir. Son fosas nasales gigantes. Un onitorrinco, o un cerdo me acusarían de plagio; o se burlarían, en el peor de los casos.

Voy leyendo, con varias interrupciones parar mirar por la ventanilla, un libro de Sallinger que compré en una oferta, cerca de Primera Junta. Las páginas amarillentas, los pensamientos desbordados que me sugieren los vidrios sucios, y aquellos arboles pasar a altas velocidades; me llevan a otro mundo, otro sentir, otro vehemente viaje por senderos que no llevan ni andenes, ni furgones, ni el terrible olor de los mal cuidados transportes públicos…

Me doy vuelta, y con mi cuello, giran mis realidades. Una señora amamantando a su hijo, una persona con ropas precarias dándole un valor desmesurado y pasional a su pedazo de pan que guarda con celos, un hombre con traje esperando que se vea casual cuando se agache para tomar un poco de cocaína. La señora del asiento de atrás, mientras desabrocha a su niño de su seno, me pregunta cuánto falta para llegar a la última estación. No le supe responder. Creo que se ofendió un poco, de hecho.

La última estación… depende la última de qué, para quién, de qué momento hablemos. Mi última estación es siempre en la que el tren deja de funcionar. Sólo esa me interesa. Porque termine donde termine, yo bajaré allí, sin saber cuál sea. No es un pecado no tener un propósito, un fin, un objetivo, un pensamiento acabado de qué mierda voy a hacer cuando me baje del tren. No la culpo a la señora. Ya desde el momento de ver su cabello, supe que no podía pretender de ella ninguna pregunta de buen gusto, ni una idea general de cómo puede ser la vida del resto, del otro, la mía. Está bien, ella debió esperar una respuesta como “Oh, sí, la última estación es…”. Hm. Está bien, ella esperaba que yo me hubiera tomado ese tren, porque yo sabía el camino del mismo. Qué fácil. Qué básico.

Volvió  a preguntarme si al menos sabía por dónde estábamos. ¿Y si la abrazo? ¿Y si le lloro? ¿Y si le digo que solo quiero viajar, llorar, y leer? ¿Y si le digo que nada es tan terrible? ¿Y si le digo que todo es un viaje? ¿Si le digo que girando el cuello, giran las realidades, que mutan, que se transforman, que cambian, que te sumergen? ¿Y si le pido, y si le pido que me gire el cuello? ¿Si le pido que me gire el cuello abrazándome, abrazándome y diciéndome ella misma dónde estoy? Que le pregunte a otro. Que lo haga, y que vuelva. Que vuelva y me abrace. Que luego me gire el cuello…


El niño, su niño, se desprende de su seno una vez más. Se acurruca en sus pechos. Ella lo abraza, y acuna. Sólo me devolvió una pequeña sonrisa. Casi creo en su empatía, y todo. Pero volvió a su lugar, a mirar por su ventanilla. Ella no puede ni girar su propio cuello.